UNA MAÑANA LLUVIOSA
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Ilustración: Irving Penn
—De acuerdo: ya no existen visionarios,
el exceso de amor no está de moda
—tampoco el adjetivo de color—
y es ridículo hablar de las sirenas;
el poeta se ausenta del poema; entretanto,
toma café o el sol con los amigos,
baja un taxi hasta el mar y la metáfora
se desnuda delgada entre las olas.
—¿Prefieres la piscina? El poema no sufre
descarnado de tí; toma un vaso y ginebra,
sumerge tu inocencia, paladea
la tarde sin noticia,
sin mito, sin pasado, en la indolente
hamaca del silencio. De regreso,
tu poema te aguarda suicidado.
(Aurora Luque) Problemas de doblaje, 1989
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Ayer el día había amanecido gris, algo turbulento, con nubes plomizas que presagiaban lluvias. Andaba yo por el centro de la ciudad. Mi chamarra de piel gastada con la cremallera subida hasta el pecho y el casco de la moto en mi mano. Deambulaba sin prisas, fisgoneando aquí y allá por las vidrieras de los establecimientos: Algún pantalón, alguna blusa, las novedades editoriales en las librerías,… También aproveché para visitar alguna galería donde la exposición de un admirado artista atrajo mis pasos.
Era media mañana, como se dice. Había aprovechado para darle un descanso a mis pies y tomar algo. Entré en una cafetería, era la primera vez que entraba, no la conocía. Me senté en una mesa del fondo, junto a una de las vidrieras. El local estaba débilmente iluminado. A los pocos minutos degustaba un emparedado, debiera decir, intentaba degustar, pues quemaba el queso fundido como mil demonios. Así que tocó ir soplando. Entre soplo y soplo fuera, en las calles, la lluvia hizo presencia. Los ya de por sí agitados y presurosos viandantes comenzaron a acelerar el paso. Aparecieron paraguas de mil colores. Jóvenes encapuchados, mujeres con bolsos sobre el peinado, y, los más indefensos claudicaron bajo soportales y amplias balconadas.
Algunos aprovecharon para entrar en la cafetería donde me encontraba. Las mesas, antes vacías, fueron poblándose de paseantes pasados por agua. En esa que entra una mujer. Sus ojos en un coqueto movimiento escudriña la sala buscando un hueco, una mesa que no estuviera ocupada. Se decide por una pequeña de dos asientos también cerca de los ventanales, a pocos metros de donde yo sigo soplando. A igual que yo hice en su momento toma asiento con la vista dirigida hacia el exterior. Pidió un cappuccino. La lluvia arreciaba. Ella observaba el trajín de la gente. Llegó su aromática infusión. Vertió medio sobre de azúcar y agitó la mezcla. Fue a probar, pero un gesto inequívoco delató que, al igual que mi sándwich, achicharraba. Sopló un par de veces con un mohín encantador y decidió posar de nuevo la taza sobre el platillo de porcelana blanca. Reanudó su observación desinteresada del ajetreo callejero, el desfile había perdido la conmoción y barullo de hacía pocos minutos antes, solo algún que otro personaje previsor pasaba encorvado bajo su paraguas. La lluvia no concluía, seguía arremetiendo contra la ciudad.
Mientras me atrevía con un primer bocado de mi tentempié observaba aquella mujer desconocida. Debiera rondar los cuarenta años, quizás algunos menos, sus facciones delicadas, distendidas, sus pausados movimientos, su ausente mirada la envolvía en un aura misteriosa, recóndita. De una belleza indiscutible, pues sin duda era hermosa, eran sus ojos, su contemplación, lo que me fascinaba. Miraba al frente, traspasaba su vista el salpicado cristal, pero se perdía en la lluvia, no miraba nada en concreto, sus ojos apenas delataban movimiento al pasar algún transeúnte, diríamos que con sus ojos abiertos miraba dentro de su alma tan solo, en calma.
Al poco sacó de su amplio bolso un esferográfico plateado, fino como sus tranquilos dedos, a falta de algún bloc de notas extendió una servilleta sobre la mesa y entonces acortó la profundidad de campo de su atisbo, ya no miraba nada, parecía que sus ojos buscaran palabras en sus recuerdos. Tardó casi medio minuto en decidirse escribir una primera línea, sin prisa. Dejó la mano quieta y la punta del instrumento en espera, casi rozando el papel. Sus ojos claros de mirada perdida se fueron abrillantando a la par que los recuerdos iban cargándose en la tinta. Tras un intervalo largo reanudó la escritura, esta vez más fluida.
Yo la observaba. Ella abstraída, yo atraído. La mezcla de su femineidad asombrosa con esa melancolía en que estaba envuelta ejercía un cierto encanto en mis sentidos. Con un balanceo misericordioso de su muñeca trazaba pulcra caligrafía. Con mi corazón anhelante yo comenzaba a desearla. ¿Sería atrevido de mi parte levantarme y querer sentarme a su lado? Podría brindar mi mesa a una pareja que esperaba y, educadamente, preguntar si el asiento a su lado estaba ocupado. Mil supuestos desfilaban por mi frente. Yo cavilaba mientras mis ojos asimilaban su figura. Ella dejó de escribir. Posó la esferográfica sobre la mesa. Intentó un sorbo de la minúscula taza. Otro mohín encantador. Entretanto su infusión se había destemplado pareciera. Leyó su escueto manuscrito y una lágrima resbaló por su mejilla, quedó apenas un segundo colgando de su barbilla hasta caer sobre la redactada servilleta. Un par de palabras se emborronaron.
Pidió su cuenta, sacó el monedero de su bolso, puso unas monedas sobre la mesa y guardó el escrito bien plegado dentro de lo que parecía una agenda. Se levantó de su asiento sin apenas hacer ruido, unos cuantos pasos y abría la puerta, se perdió por las húmedas calles. La lluvia había dado una tregua y un tímido sol jugaba en los charcos con brillos revoltosos, alegres.
Rafael Martín.(Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.)
Gracias Maestro...






3 dejaron sus huellas en mi playa:
me encanta porque recuerdo que en ese post tuyo comenté que me encantaría verte sola y nostálgica soñando al resguardo de la lluvia y escribiendo, y entrar yo en esa cafetería
me encanta
un beso
de lo que no estoy de acuerdo es lo del amor...el amor es lo unico que triunfa y da vida
besitos
Marina
con un besito
O AMOR...
O Amor cresce partilhando...
Quando mais se distribui...
Mais cresce...
Tudo no mundo...
Ao ser repartido... diminui...
O Amor é o contrário...
Quando dividido aumenta...
Mais sorrisos...
Mais partilha...
Mais Amor...
Porque...
Pode ser distribuido...
Pode ser dividido...
Pode ser partilhado...
Sem medo de se perder...
Porque...
O Amor é eterno...
E sabendo cuidá-lo...
Em vez de diminuir...
Temos a certeza...
Que sempre crescerá ...
LILI LARANJO
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